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domingo

Infantilización o infantilidad: no puedo decidirme

El lenguaje revela nuestras formas de acercarnos al mundo, lo queramos o no. Para alguien que sabe escuchar o leer, no hay prejuicio que no se transforme en palabra que es escuchada o leída.

Desde utilizar eufemismos para hablar de las partes del cuerpo relacionadas con la genitalidad y las funciones excretoras de nuestro cuerpo a inventar nombres para posiciones basados en objetos (la carretilla, el helicóptero), intentamos de todas las formas posibles no llamar las cosas por su nombre. Como cuando le enseñamos a l@s niñ@s a decir el guauguau en vez de el perro, porque creemos que aprender la palabra "correcta" será demasiado difícil para su estadío de pensamiento, nos negamos a nosotros mismos como sociedad la evolución; pero nadie nos lo ha enseñado, lo aprendimos solit@s.

Y para colmo, usamos las palabras adecuadas cuando nuestra necesidad de expresarnos supera nuestra necesidad de ser socialmente aceptables, generalmente como insulto. Esto habla de que esas partes del cuerpo y esas funciones aún siguen teniendo algo de tabú en nuestras sociedades.
La concha de tu madre.
Sos un pene.
¡Qué conchuda!
¡Qué pelotudo! 
Me voy a hacer del 1 o del 2. 
Pichín, pipí.
Pitulín, cachu. 

Todavía me encuentro hombres, mujeres y otros que no saben la diferencia entre vagina y vulva. No quiero ni empezar a pensar adonde creerán est@s personajes que quedará el útero.

La sexualización de los roles familiares me habla de una infantilización de la sexualidad o de una infantilidad mental que es llevada a lo erótico. Nunca salimos mentalmente de esa esfera familiar en la que nuestros roles siempre son dictados por los que estuvieron antes y por lo que vendrán después. No nos atrevemos a ser nosotr@s mism@s, no hay espacio personal entre el grupo familiar que nos trae al mundo y el mundo familiar que traemos al mundo.

A un hombre le decimos chico.

A una mujer, chica.

A una pareja de personas (de 0 a 45 años), le decimos chicos.

A una mujer que nos gusta mucho y es más pequeña, en edad o físicamente, le decimos bebé.

A una mujer que nos gusta mucho y es más grande, en edad o físicamente, le decimos mamita.

A un hombre que nos gusta mucho, le decimos papito.

A alguien con quien sales pero no sabes si va en serio, le dices tu chico o chica.

A alguien con quien interactúas de forma desigual pero manteniéndote en situación de poder le dices que le tienes de hijo.

No somos libres de llamarnos ni de ser llamados como nos percibimos. Tengo que darme vuelta cuando me dicen señora tanto como cuando me dicen chica o chic@s estando de a dos, aunque no me sienta comprendida en ninguna de estas categorías. Y si elijo llamar a las personas por su nombre, siempre me preguntarán de quién estoy hablando o tardarán unos segundos en darse por aludid@s.

Por suerte, la adición de la zoología (o mejor, la zoofilia) a la confección de epítetos nos permite hablar hoy de perr@s, gat@s y otros mamíferos, que supondrían entre ellos una relación de igualdad (aunque si alguien es apodado con el nombre de una mascota, no se trataría de una persona libre y con igualdad de derechos que la persona que lo menciona). 

¿Cuándo nos atreveremos a ser mujeres, hombres (y otros)? ¿Cuándo dejaremos de ser hij@s o sentir que otr@s lo son?

Asignarle a una palabra la categoría de "prohibido" no me parece más que una forma de evitar adentrarse en las razones por las cuales usamos esas palabras en un primer lugar. Seleccionar un lenguaje políticamente correcto no impedirá que nos comportemos de forma políticamente incorrecta en cada oportunidad que podamos o cuando no nos sintamos presionados socialmente a hacer el esfuerzo.

Quizá cuando evolucionemos, nuestra forma de expresarnos cambiará con nosotros, y el lenguaje todo o al menos, nuestra manera de comunicarnos o de referirnos a l@s otr@s.

Mientras tanto, pregúntese conmigo, ¿infantilización o infantilidad? Yo no puedo o no quiero decidirme.