Blog de pensamientos, ejercicios de escritura y opiniones en más de 140 caracteres. No contiene imágenes explícitas (ver blog de imágenes), pero sí temas para ¿adultos? (18+): sexualidades, estereotipos, géneros, sexo, amor, relaciones, libertades, responsabilidades, erotismo. Si algo de esto va en contra de sus creencias, experiencias, pensamientos u opiniones personales, las de su religión, gobierno o sus padres, continúa leyendo bajo su propia responsabilidad o la suya.

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domingo

El piropo y yo

A veces la mejor manera de hacer entender es contar la propia historia. La de la persona, porque los personajes tienen el privilegio de construir las condiciones de convivencia, que las personas, que llegan a un mundo que les precede y que ya tiene sus propias reglas, y hasta le tiene ya reservado un lugar: de privilegio de o falta de privilegio, según se haya nacido a un género o a otro, a una clase social o a otra, a una región o a otra, etc., no tienen.

Contar nuestras historias es dejar de poner el acento en los hombres que defienden su derecho a tratar a cada cuerpo de mujer individual de la misma forma porque el cuerpo social/colectivo mujer les parece inferior y pasible de ser utilizado a su antojo. Estoy segura de que cada mujer tiene su propia historia con el piropo o el abuso callejero en primer grado, o quizá, lamentablemente, también tengan otras historias que vayan mucho más lejos. Si tienen ganas, déjenme sus experiencias en comentarios. Hagamos visible esta problemática desde otro lugar distinto de la queja.

La primera vez que me pasó tendría seis o siete años. Estaba patinando a la tardecita en una plaza, acompañada de mis padres y hermanas. Llevaba puesto un short de jean y una remera rosa. Recibí un silbido que me hizo parar en seco como si fuera un perrito entrenado, y una vez que me paré, el piropo. No recuerdo ni siquiera qué palabra fue, pero la forma de decirla me tocó como una espada, era para mí, no había manera de eludirla, su significado pesó en el aire más que la palabra cuya forma escapaba a mi comprensión más temprana, di un par de vueltas más, sintiéndome observada, y pedí volver a casa. No volví a patinar a esa plaza por un tiempo largo. 

La segunda vez que me pasó algo así tendría once o doce años. Estaba caminando de vuelta a casa después de la escuela, y justo me había despedido del grupo de compañeras con las que compartíamos el trayecto, pero aún estaban withing hearing distance. Llevaba uniforme escolar y el pelo suelto. Si no recuerdo mal, había viento. Pasó una camioneta con cuatro hombres, dos en la cabina y dos viajaban atrás, al aire libre. Uno de estos dos se paró y me gritó algo que esta vez sí pude entender bien a nivel palabra, aunque pasarían años antes de poder comprenderlo a nivel experiencia. TE CHUPARÍA LA CONCHA HASTA PEINARTE PARA ADENTRO. Automáticamente me quedé atornillada en el suelo, le miré a los ojos, mientras se reía y seguía diciendo no sé qué, parado en el automóvil en movimiento, triunfal. Una oleada de verguenza me llovió como un balde de agua fría. No sabía por qué pero me sentía culpable de ese exabrupto, como si yo lo hubiera provocado sin darme cuenta. Las miradas de las personas alrededor se centraron en mí, no en el hombre que se había expresado tan apasionadamente y tan inoportunamente. Ahí me di cuenta de que ese era el comienzo del trato como mujer, el que tendría que seguir soportando toda mi vida.

Durante años padecí la exposición a este tipo de conducta, de mirada, que pareciera reclamar tu cuerpo y tu sexualidad para sí por derecho propio. Lo padecí como lo padece cualquiera que haya nacido en envase de mujer, aunque no se identifique a sí mism@ como una.

Ya no recuerdo claramente los años o las épocas, pero sí algunas situaciones difíciles de olvidar. Fui objeto de este tipo de trato en situaciones públicas, más que sujeto de derechos. Insisto, soy una persona muy pajera, miro a hombres, mujeres y otros, no se salva nadie, pero no me expreso de manera que viole el espacio personal o los derechos de otras personas. Y sí, alguna vez también se me escapó una "mirada de hombre", pero la discontinué, o pedí disculpas, acepté el no como respuesta, que es lo mínimo que se puede hacer civilizada en estas situaciones. No se trata de no excitarse, se trata de no hacer partícipe al otro de lo que nos puede despertar, porque las fantasías son algo ÍNTIMO y PERSONAL.

Una vez al salir de un local bailable a eso de las nueve de la mañana y recorrer el camino de siempre de vuelta a casa, no sin pasar por el diario y las croissants, peaje emocional de poder salir hasta la hora que se me cantara, me acompañó todo el trayecto un hombre con la bragueta abierta y el pene visiblemente afuera. Cada tanto se cruzaba cerca, intentaba tocarme o me dirigía alguna barbaridad a viva voz. Lo ignoré, lo fui esquivando, negándome a su tacto, y tuve suerte de que la estrategia funcionó, llegué "a salvo" sin mayor falta de respeto que la de tener que haber visto un pene que no estaba interesada en ver.

En otra oportunidad, igual que esta, me acompañó un hombre totalmente vestido, pero que me seguía a una cuadra de distancia. Intenté cambiar el camino varias veces, parecía perderlo, pero volvía a aparecer de la nada. No decía nada, su mirada parecía contener más odio que excitación. Casi llegando, temía tener que enfrentarlo para poder entrar a mi casa. Sopesé la posibilidad de acercarme sola y preguntarle qué quería, pero nunca aparecía nadie en la calle como para tener algún testigo en caso de que intentara agredirme. Finalmente, apareció un grupo de vecinos que tenía de vista, me paré a hablar con ell@s, les conté la situación y les pedí que me acompañaran a mi casa. Así lo hicieron y nunca más le vi, pero por un tiempo, ya no volví sola a casa por ese camino.

Varios años la postura de responder al piropo con frases ingeniosas (que Uds. saben que no me faltan) o resaltando alguna cualidad específica del piropeador (como él o ellos hacían conmigo) me funcionó, pero últimamente esta falta de aceptación del rol pasivo impuesto parece redoblar la violencia del intento de posesión virtual pública.

Otra vez me encontré a un hombre con el que solíamos viajar a la misma hora en el mismo medio de transporte. Siempre me miraba amablemente, sonriente, no lo percibí como una amenaza y una vez se acercó y me dijo algo sobre que tenía linda mirada. De acuerdo a mi personalidad, mis creencias y mi forma de concebirme libre igual que él de decir lo que piensa, le devolví el piropo diciéndole a su vez algo lindo sobre su mirada. Esta persona aprovechó otro día que viajamos juntos, a una hora en que viajaba menos gente, para seguirme al trabajo y esperarme durante horas en la puerta. Al salir ya era de noche, y él seguía ahí. Fue difícil explicarle por qué su actitud no era sexy sino scary, stalker like. Por suerte comprendió y no volvimos a vernos, ni siquiera a viajar juntos, lo que me dejó pensando si realmente viajábamos juntos por casualidad, o si también me seguía en el medio de transporte, intentando iniciar un contacto.

El último piropo fue hace unas semanas, este mismo año. Iba caminando por una calle poco transitada no muy lejos del hogar y un hombre que parecía estar realizando trabajos de construcción en una casa del barrio, con la puerta abierta y medio adentro, medio afuera, se expresó sobre mi forma de caminar y mi estado de belleza en general. Sin dejar de caminar, me di vuelta y le respondí que no le había pedido opinión. Me respondió que era una ATREVIDA, se paró y salió a la calle con tres hombres más. Juntos me persiguieron una cuadra, y se quedaron gritándome otra cuadra más, mientras llegaba a otra calle más transitada.

Y vamos, no soy ni fui una persona llamativa, ni que se vista, como muchas me han confesado en este debate sobre el acoso callejero, para que las miren o para que les digan "cosas lindas". La lógica detrás del piropo es la misma que está detrás de la coerción sexual, de la violación, de la trata de mujeres y niñ@s (porque, nótese en el relato, no miden ni paran ante la minoría de edad). "Estás ahí fuera para que yo haga contigo lo que quiera". 

Quizá cada hombre que te dice un piropo se cree un príncipe azul, una experiencia única en tu vida. Sin embargo, termina siendo un triste insulto más a tu integridad como persona y a tu libertad en tu propia y única historia con el piropo.