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miércoles

Amantes (2)

A mí nunca se me paraba, pero eso nunca nos impidió tener sexo. Yo siempre estaba flácido, pero ella siempre estaba mojada. Nunca me rechazó, me contuvo entre sus brazos y entre sus piernas sin un asomo de reproche. 
Nos alcanzó la poesía escrita por otros para escribir la nuestra entre las sábanas. Que le gustaba yo, me decía. Todo yo, no solamente mi pene. Y yo le decía que me habían enseñado que el amor se hacía con el pene duro y adentro de la mujer, que no podía hacerse de otra forma. Pero ella me ayudó a des-aprender y a desaprenderla. 
Y le hice el amor de tantas formas, que el cuerpo dejó de ser el protagonista y fueron nuestras mentes y nuestras almas las que se follaban. 

Caminamos, reímos, callamos, bailamos, conversamos, leímos.

Mi lengua se convirtió en el pene más duro, mi saliva en el semen más dulce, mi barba desapareció entre la barba de su boca de abajo. A su vez, ella me devolvió el infrecuente don de los orgasmos sin semen. Nuestros culos disfrutaron de los mismos placeres y de los mismos dolores, sin necesidad de cuestionarse homo o hetero sexualidades. Nos enamoramos sin amarnos y en la despedida no hubo ni corazones ni culos rotos. Nunca fui más feliz, al punto de que no me ocupé para nada de su felicidad, aunque parecía que ella podía encargarse sola. Con ella fui yo, más y menos que la simple categoría de hombre, de marido, de padre.

Viajamos, mentimos, besamos, peleamos, escribimos.

Mientras tanto en casa me esperaban mi mujer y mi hija. Mi mujer, con la que rara vez tenía sexo, y mi hija, que parecía un reproche viviente ante mi forma de relacionarme con las mujeres todas, incluso la que ella todavía no era. 
Cuando aprendí a estar en paz con la persona que era, encontré la paz con todas las mujeres que mi hija podría llegar a ser.
Cuando me sobró deseo, pude volver a colocarlo cómodamente en la vagina de mi esposa, que es adonde hubiera correspondido, supuestamente, desde un principio. 

Nunca dijimos adiós, porque es imposible despedirse de quien nunca estuvo realmente, o de quien estará para siempre entre nuestros sueños húmedos. Una noche en que podríamos haber intentado tener sexo a nuestra forma tan poco sexual, simplemente le dije BELLA, y ella me dijo QUE TE JODAN. 

Nos cruzamos años después. Yo le pregunté cómo había cambiado tanto, y ella me preguntó si ya se me paraba normalmente. Ella fue la cura para mi disfunción eréctil, pero creo que a su ser nada lo cura. 

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