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Cajones

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miércoles

Amantes (3)

Y sí, un poco me enamoré, pero no de ella, ni de mí cuando estábamos juntos: de un nosotros que nunca fue pero que podría haber sido, si hubiéramos querido que fuera.

Hacía poco que había cortado con mi ex de toda la vida, la que me conocía cuando tenía pelo, la que pensé que llevaría mi apellido, la que tenía un cuerpo prodigioso que se adaptaba a mis 25 cm de verga como ninguna otra había podido hacerlo. 
Creo que entre polvo y polvo, algunas veces más yo, otras, más ella, nos imaginamos cómo sería sacar nuestra relación de las sábanas y desistimos antes de comenzar a intentarlo.

Nos conocimos en una fiesta que fue poco más que una noche de alcohol musicalizada. Ella no me miró dos veces y yo no pude quitarle los ojos de encima. Parecía que lo nuestro iba a ser una de esos polvos que nunca suceden, una paja más hecha de deseos no correspondidos, cuando en algún momento nuestros pasos borrachos se encontraron para hacer camino juntos. Terminamos viajando hacia el mismo lugar, mientras mis manos no podían dejar de intentar tocarla, y las suyas no podían dejar de intentar parar las mías. Finalmente, dejó de intentarlo, se entregó a mi curiosidad como un modelo vivo a un artista, y la dibujé desnuda sobre la ropa hasta llegar a imaginarme su cuerpo desnudo en detalle.

El viaje terminó y parecía que iba a tener que acabar la noche en soledad. Nada en mí parecía atraerla, mis ojos no le prometían nada que no le hubieran prometido antes, mi cuerpo nada especial no la inspiraba a buscar debajo de la ropa. Mis manos siguieron intentando hacer una fotocopia de su cuerpo que sirviera de inspiración para placeres solitarios, pero al final mis palabras nada poéticas aunque sinceras dieron en algún blanco interior cuando le pregunté sin rodeos si no tenía ganas de tener sexo, aunque no tuviera unas ganas especiales de tenerlo conmigo.

Aceptó con menos vueltas de las que yo di para preguntar. De alguna manera, encontramos la forma de meternos en una habitación de hotel y de inventarnos unas ganas de estar el uno con el otro que en realidad eran ganas de estar con otras personas. Hacía mucho que no tenía sexo sin pagar, pero ella parecía acostumbrada a ser tratada como una puta. Nos desafiamos las ganas y los límites del cuerpo una y otra vez, hasta que la borrachera cedió y cansados de hacerlo, pudimos empezar a cansarnos de conversar. Aunque no hay palabras que hablen de uno más fuerte que los gemidos compartidos.

Esa no fue nuestra única noche, aunque sí puede haber sido nuestra mejor noche. Varias veces más nos encontramos en una misma cama, y aún más veces nos vimos entrando o saliendo de otras camas, con cierta sonrisa de erótica complicidad ante el chiste sexual que yo era: un hombre pequeño con un pene enorme, como tantas otras llegaron a descubrir e intentar complacer no sin esfuerzo. Para ella ese detalle no supuso nada especial, ni obstáculo ni ventaja.

Y lo nuestro fue una de esas cosas que no suceden del todo. Al final, yo la amé un poquito, ella me deseó otro poquito y un poco cada uno, no le hace mierda ni el cuerpo ni el corazón a ninguno.