Blog de pensamientos, ejercicios de escritura y opiniones en más de 140 caracteres. No contiene imágenes explícitas (ver blog de imágenes), pero sí temas para ¿adultos? (18+): sexualidades, estereotipos, géneros, sexo, amor, relaciones, libertades, responsabilidades, erotismo. Si algo de esto va en contra de sus creencias, experiencias, pensamientos u opiniones personales, las de su religión, gobierno o sus padres, continúa leyendo bajo su propia responsabilidad o la suya.

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domingo

Amantes (4)

Nunca creí que pudiera sentirme atraída por otra mujer. Amo mirarme al espejo, recorrer mi propio cuerpo cada vez que algún compañero de cama no me satisface, caminar en lencería imaginando ojos lujuriosos que me vigilan y manos que se autosatisfacen, incluso a veces sabiendo que esos ojos y manos están realmente ahí, los de algunos de los hombres que viven a mi alrededor...

Mi abuelo, mi padre, mis hermanos, los amigos de mis hermanos,  mi marido, mis hijos, mi novio, su amigo, mis amantes. Mi vida siempre estuvo rodeada de hombres, entre ellos y con ellos dentro, siempre me sentí a gusto.
Incluso cargando a cuestas alguna que otra mala experiencia de cama con el sexo opuesto: un par de violaciones en la adolescencia, algún que otro par de forzamientos en la adultez joven y más mentiras de las que se puede intentar creer en la adultez.

Siempre fui bastante puta, de higiene mínima y de gusto sencillo: bastaba que una persona tuviera pene, para que tuviera la posibilidad de seducirme y meterse en mi cama. Pero nunca había considerado siquiera la posibilidad de tener sexo con una igual. Salvo en aquellos casos en que alguien con pene traía a alguien sin pene a la cama para avivar la llama de su pasión, aunque la mía siempre se avivó sola y hasta se quemó cada vez que vi el placer que puedo generar en un hombre, sola o acompañada.

Incluso pude explotar ese gusto por los hombres y el gustarles a cambio para progresar en la vida: conseguí un marido que me mantuvo económicamente, nunca necesité trabajar ni volví a afrontar malos tratos. Encontré tiempo para manterme en buen estado físico y con el aspecto de una mujer joven, aún cuando ya no lo soy. Y nunca me faltó tiempo ni permiso para disfrutar a otros hombres.

La vida era buena, y justo cuando empezaba a creérmelo, la conocí.
Nunca creí que otra mujer pudiera sentirse atraída por mí. Siempre fui la debilidad de todo hombre que posara en mí su mirada dos veces, pero... ocurrió. Nos encontramos construyendo una historia propia entre historias ajenas. Hubo una conexión desde el principio, a pesar de nuestra diferencia de edad, de formas de vida y estilos de ser mujer. Yo creí que había encontrado a mi compañera perfecta de aventuras: sin prejuicios ni juicios, sin límites, sin preguntas, sin horarios, con unas ganas de coger similares a las mías, aunque una forma de relacionarse con los hombres que para mí era desconocida. 

Una noche, como tantas otras, salimos a bailar. Y ella logró seducir al local entero, bailando como una loca, bebiendo como un grupo de locas y disfrutando como la locura misma. Llevaba una minifalda, unas botas rojas y un escote inevitable de mirar. En un momento me acorraló contra una pared y me comió a besos. Toleré el placer de fuente tan inesperada todo lo que pude, hasta que sentí miradas sobre nosotras y tuve que apartarme. Ella no volvió a intentar besarme, siguió divirtiéndose hasta el agotamiento. Su indiferencia y algo de su indefensión de borracha entredormida me terminaron de decidir en el camino de vuelta. Fui yo la que la acorraló contra la pared esta vez. Y los besos que siguieron fueron buscando las profundidades. Cuando terminamos, yo temblaba de la emoción. Me bañó con cariño y me ayudó a vestirme. Intentó acompañarme a casa, toda una caballera, pero estaba tan confusa que no se lo permití. Hubo más historia entre las dos, y entre tres, cuatro y hasta cinco, pero no pude vencer la lógica de mi propio personaje y una noche menos divertida que la anterior, empezamos a formar parte del pasado sexual y no del presente placentero.

No entendí hasta hoy que ella se convirtió en un cliché femenino para llegar a mí. Y lo logró. Llegó tan profundo en mi interior que el placer que me dio podría haber competido con el que fue capaz de despertarme cualquier hombre. Y aún hoy, cada tanto, cuando me la meten bien metida, cuando logro mojarme y correrme como aquella vez, me pregunto si se la estarán metiendo también, si estamos juntas aunque sea en ese instante, como otr@s que miran la luna al mismo tiempo en la distancia y se sienten más cerca.