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Feminismo senil

Mi abuela fue una de esas mujeres que no pudo resistirse al machismo de su época. Perdió a su mejor amiga porque la metieron en la prostitución y ella como mujer de bien no podía juntarse con ella, vio como mujeres que se separaban de sus maridos eran aisladas socialmente sin tener acceso ni a comprar un mendrugo de pan, tuvo que dejar la escuela en tercer grado porque ya sabía lo que se esperaba que supiera una mujer, tuvo que aceptar que le dijeran con quien casarse, tuvo que pasar por la experiencia de no elegir embarazarse, de afrontar partos con frases como cuando te la metieron no te dolió tanto y sin anestesias, tuvo que ver a sus hijos morir por falta de remedios, de inversión pública y por mala praxis, finalmente murió, en parte de vieja y en parte, por exactamente lo mismo. 

Fue hija, hermana, esposa y madre, como lo dictaba el mandato social. Una hija que acató todas las órdenes y recibió con estoicismo todos los palos. Una hermana respetuosa del lugar de los hermanos varones y casi una extensión de madre para sus hermanas mujeres. Una esposa que aceptó su lugar en la cocina y rechazó su lugar en la cama. Una madre que parió porque había que parir y que esperó de sus hijas que fueran como la hija que ella había sido.

Le tocó bañarse y acostarse siempre vestida, porque verse el cuerpo era un pecado. Nunca disfrutó de la masturbación ni del sexo incluso con la persona amada. Conoció el temor de dios, otro hombre más que mandó en su vida. Para ella, toda mujer que abortaba era una asesina, y toda mujer que disfrutaba su sexualidad, era una puta. Para ella, la base del matrimonio era aguantar y la base de una buena cama era tomar las prácticas sexuales como una tarea del hogar más. 

Resistió como pudo a ese machismo bestial que le robó toda posibilidad de réplica. Que le llenó los pulmones toda la vida como el agua mientras te estás ahogando. Tuvo que abandonar su sueño de tocar el violín para aprender a hacer las cosas de la casa. Tuvo que abandonar la idea de casarse con el hombre que amó y la reemplazó por la de casarse con uno que la amara a ella. Tuvo que abandonar sus ganas de bailar y de salir porque a su marido esas cosas no le gustaban. 

Aprendió en radioteatros y fotonovelas lo que tendría que ser el amor (heterosexual, de clase media, con la única consencuencia del matrimonio, la reproducción y el: él vivió feliz para siempre y ella le sirvió hasta su muerte). Vivió como pudo su historia de amor, habiendo sido dejada y habiendo dejado en el altar, encontrando en mi abuelo a un hombre que la amó a ella más de lo que ella era capaz de amar, pero que amó en ella a la mujer que aceptó sumisamente ser, no a la persona que nunca llegó a desarrollarse.

Lo único que le quedó para sí fueron los detalles. Si en los pequeños detalles está el demonio, al desatenderlos pudo transmitir parte de su infierno.

Cocinaba, pero siempre dejaba algún carozo de aceituna en el relleno de las empanadas, nunca pelaba del todo los huevos duros para que al morderlos sintieras ese crunch generador de náuseas, mezclaba lengua junto con la carne al hacerla picada, ponía ajos de más a la salsa de tomate o sobreusaba el aceite como forma de asesinato lento, a razón de tres litros por semana cada dos personas.

Aprendió a dejar siempre algo sucio aunque nunca se negó a limpiar, fregar, lavar, barrer y repasar. Cada seis vasos o tazas, siempre había una que guardaba restos de la bebida anterior. Cada par de cubiertos tenía un tenedor o cuchillo con algo indescriptible pegado. Cada diez platos, dos quedaban transformados en uno por la falta de enguajado. En las huellas que dejaba en el baño siempre podía adivinarse la historia íntima del habitante anterior.

Te levantaba para que no llegaras tarde al colegio, con los infalibles métodos de tirarte agua, darte palos o bajarte desnuda de la cama de un tirón. Te cantaba canciones para ayudarte a dormir, pero esas canciones terribles en que descuartizaban muñecos y faroleras eran abordadas por pedófilos o barqueros intentaban cobrar en especie el viaje a las lindas.

Lavaba las medias, pero las guardaba con las de otro par. Cosía las prendas rotas, pero siempre con hilos de otro color. Doblaba la ropa, pero siempre de forma que se vieran después las líneas. Cebaba mate, pero siempre con agua fría. Hacía té, pero siempre dejando el saquito adentro más tiempo del necesario. Calentaba la leche, pero siempre dejándola hervir sobre la hornalla. 

Vistió siempre la pollera distintiva del género al que nació, logrando de algún modo no exhibir ni una pizca de sensualidad. Fue especialista en análisis del discurso, utilizando de forma inconsciente recursos linguísticos que su educación de tercer grado no habría podido darle, para dar cumplidos que en realidad eran críticas y disfrazar todo tipo de mensajes negativos de lo que no eran. Si te decía que algo te quedaba bien, quería decir que estabas gorda. Si te decía que estabas gorda, quería saber si estabas embarazada. Si le presentabas un novio, lo comparaba con los anteriores. Si no le presentabas novios, te decía que era porque estabas engordando.

Dio a luz a algún hijo muerto. Perdió a uno en un brote histórico de enfermedad que hoy solamente encontramos en los libros o en países lejanos y a otro en un brote contemporáneo de ignorancia en la práctica. Maltrató física y simbólicamente a los que le nacieron vivos, porque ser madre era poco más que parir y transmitir la violencia que le habían transmitido. Intentó ser para sus nietos lo que no había sido para sus hijos, pero también intentó que sus nietos fueran lo que sus hijos nunca habían sido.

Jamás fumó, bebió, se drogó ni adoptó ningún vicio. Un poco por economía del hogar, otro poco por el qué dirán. Lo único en la vida que le dio placer fue la comida, que le estaba permitida casi sin restricciones porque como madre y mujer casada podía echarse a perder el cuerpo y en donde depositó lo poco que tenía o le quedaba de libido. Pero era capaz de disfrutar solamente aquellas cosas que nunca podría ser obligada a cocinar, como helados, chocolates y postres finos.

Mi abuela fue una mujer, una diosa, una superviviente, una esclava pero también una soberana. El malcogimiento hoy puede ser una elección personal, pero para muchas fue una imposición de época. Cincuenta o sesenta años atrás, tanto y tan poco.

Hoy la recuerdo y la despido, con amor a quien pudo ser a pesar de vivir resistiendo a la violencia que se esperaba del mundo al haber nacido mujer, con respeto a su forma pasivo-agresiva, casi senil, de feminismo. Sé que la mujer que yo soy nunca le pareció bien, pero al menos, tendría que saber que la mujer que ella fue a mí nunca me pareció del todo mal.

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