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domingo

El amor de otros

¿Quién no llegó a odiar las esquinas porque en ellas los enamorados suelen despedirse con un beso? ¿Quién no llegó a odiar los zaguanes que quedan en la oscuridad porque en ellos los cuerpos suelen despedirse con un orgasmo? Tras alguna ruptura escandalosa, del corazón o del calzón; tras algún engaño o autoengaño que juramos no repetir sobre la tumba de nuestros sentimientos de antaño; tras algún esfuerzo supremo por hacer pasar por amor algo que no lo era. Siempre supe que el día que llegara a odiar las esquinas o los zaguanes como todo enemigo del amor ajeno, ese día habría empezado a hacerme vieja. 

En el camino por encontrar y sostener "nuestro amor", muchas veces terminamos resintiendo o desafiando el "amor de otros". Es posible que sea un tema territorial, una huella mental de la falsa división política en países, la que nos impida entender que quien ama como amamos no existe en un país limítrofe, existe sin fronteras. No es imposible que sea un tema publicitario, una extensión psicofísica de la duda de si what you see is what you get* que experimentamos comparando el objetivo del impulso de comprar con el comercial o la foto del cartel que nos animó a consumir; nos olvidamos fácilmente que amar no es una cuestión de compra-venta.

No encontrar el amor en un otro parece el anteúltimo de los fracasos, al que podría seguirle nada más el del "ni el tiro del final te va a salir".** Esta oposición éxito-amor, fracaso-noamor (aunque para mí el opuesto sería el desamor), podría llevarnos a desconfiar tanto de quien ama como de quien no, porque el amor ya no es amor en sí mismo, sino un elemento más para probarle al mundo que no hemos fracasado en la vida, otra característica personal más como ser blanco o negro, lindo o feo, alto o bajo, flaco o gordo, rico o pobre, amado o noamado, pasible de ser vista a través del lente del prejuicio.Y es así como la cuerda con la que saltábamos en el patio de la escuela de niñ@s, se transforma en la cuerda floja por la que caminamos de adolescentes y finalmente, en aquella con la que nos ahorcamos de adultos. 

¿Por qué no podrían convivir al mismo tiempo todos los que aman? Somos tan necios que siempre terminamos como atletas en alguna competencia, juzgando que ha ganado quien llegó primero, quien transpiró más, quien se desempeñó mejor, llevando la camiseta del "amor de verdad" entre otros que imaginamos con uniformes de "un amor más". Medimos la importancia de un amor por la cantidad de años físicos pasados juntos, felices o no, en vez de por los momentos breves que no podremos borrar de nuestra alma ni en diez vidas más. O por los logros económicos de la pareja, como si una cierta cantidad de dinero pudiera traducirse a una cierta calidad de orgasmos.  O por el estado civil, que si el soltero unido es más feliz que el casado, que si el casado se divorcia pero todavía ama, que el más infeliz de todos ha de ser el viudo, a menos que se hubiera casado con alguien a quien no amó o que su único amor fuera la soltería... porque, ¿qué tendrá que ver el estado civil con el amor? Lo mismo que las esquinas, los zaguanes, los países, el marketing, los deportes, los prejuicios, los tangos, las cuentas bancarias y las cuerdas.

Mi amor y tu amor son igual de importantes. Nuestro amor y el amor de otros pueden coexistir, como muchos árboles que juntos se convierten en un bosque o en una jungla, en vez de resistir el paso del tiempo en soledad, erguidos en un cerco de concreto, si es que nadie viene a quererlos cortar.

El amor de otros no es un desafío, no es un guante echado a la cara de nuestra pasión, algo que debamos destruir porque si vive uno, muere el otro.

El amor de otros no es un reproche, una pregunta eterna por el fin de nuestra soledad, por la certeza de tus sentimientos, por la persona que ya no eres o la que dejaste pasar sin amar.

El amor de otros no es un límite, con el que choca nuestro amor porque ahí termina para que pueda empezar otro.

El amor de otros no es un incentivo, una zanahoria que seguir como un caballo, una utopía más en un mundo más hecho de lo que no es que de lo que queremos que sea.

El amor de otros no es una mentira para que el nuestro sea la única verdad. Si podemos entender que existen verdades a medias, los amores (que se dicen ser siempre a medias porque cada persona es un tercio, un cuarto o una mitad) no por estar incompletos, están descartados como amor.

El amor de otros no es una broma, de la que reírse cuando pone en juego tu sentido común, tus experiencias, tu credibilidad.

El amor de otros no es una amenaza, no es un acto de terrorismo existencial que pretende dinamitarlo todo, no es una cuestión de vida de uno y de muerte del otro.

El amor de otros no puede afectar nuestro amor negativamente. Simplemente, está ahí para hacer del mundo un lugar en donde amar sea más probable, menos imposible. En donde cada vez sea más creíble que todavía se puede amar y ser amado. Y jamás llegar a odiar las esquinas ni los zaguanes ajenos, porque sabemos que nuestro futuro o nuestro recuerdo, está lleno de esquinas y zaguanes propios.

*lo que ves, es lo que hay
**Desencuentro, Goyeneche, tango 1962.