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domingo

Otra vez, los mismos que

Los mismos que malviven, malcogen. Pero también los mismos que malcogen, malviven. Y peor aún, los mismos que malcogen, malparen. Y los que son malparidos, tienden a malcoger, por ende, a malvivir. Entonces, ¿qué posiblidades reales existen de erradicar el malcogimiento como mal social a largo plazo, si además de no poder controlar el malvivir ni el malcoger, no podemos evitar el malparir? Otra vez, somos los mismos malcogidos de siempre.

El malcogimiento hoy, como me comentara no hace mucho @AUAMELL , ya es una categoría de análisis psicológico, cosa que no ocurría cuando comencé a escribir sobre él y que todavía no estoy muy segura de si favorece o no su tratamiento a través de la experiencia propia, el autoconocimiento y el pensamiento propio. Es posible, sin embargo, que gane así finalmente la atención o consideración pública que merece; ya que lamentablemente no nos permitimos crear por nosotros mismos las categorías que utilizamos para interpretar las realidades, y no le damos ni un mínimo de importancia a las creadas por personas que no hayan obtenido o demostrado un cierto reconocimiento social, mediático, académico, cultural, económico, etc. Ya tocará seguir explorando y escribiendo sobre el malcogimiento en los medios, en los establecimientos educativos (especialmente en el nivel universitario), entre las clases sociales y hasta de la tensión malcogida entre identificación total y anonimato... a mí o a otros más capacitados o mejor reconocidos.

Parece que no fui la primera ni la única en la cama de nadie ni en reconocer ciertas correlatividades sutiles entre distintas formas de conducirse públicamente y otras formas de conducirse en la cama, o sea, en privado. Y también la relación opuesta, pequeños gestos de cama que develan/revelan hasta en un encuentro sexual de una sola noche, contundentes detalles sobre la forma de ser o de actuar de nuestr@ compañer@ sexual fuera de los límites de la cama (que podemos querer conocer o no).

Y volviendo a lo de los gestos particularmente, no hace falta ser el especialista en microexpresiones faciales de la serie Lie To Me ni autor de best-sellers para reconocer a una persona egoísta en la cama, a alguien que miente para coger o distinguir a alguien muy limpio de otro no demasiado higiénico. Aún así, les presento un fragmento (lo legalmente permitido) de La biblia del lenguaje corporal, de Judi James, de Editorial Paidós, que puede desde su área de especialidad y su experiencia en el ámbito de la reprogramación del lenguaje corporal, agregar algo más de luz a esto de las "correlatividades malcogidas".

Ella plantea en las páginas, 174 y  175 que: "En la mesa
  1.  Si no es muy pulido comiendo, puede dar a entender que en la cama se comporta de la misma manera. 
  2.  Si utiliza las manos para coger comida o para chuparse los dedos, parecerá un obseso sexual, alguien que disfruta del sexo, pero a quien no le importa mucho cómo llega a conseguirlo.
  3.  Si eructa o hace ruido al comer, parecerá el tipo de persona que cree que tirarse pedos bajo las sábanas es divertido.
  4.  Si come muy rápidamente, lo clasificarán como a una persona que busca la gratificación inmediata, alguien que busca placer, pero que acaba en un segundo.
  5.  Si deja lo mejor para el final y come despacio y con cuidado, dará la imagen de ser una persona que apalza la gratificación, alguien que trata el sexo como una habilidad y que va intensificando el placer poco a poco.
  6.  Si hace ruido al sorber, parecerá un amante desinhibido, algo que no es necesariamente positivo.
  7.  Si come con ansia, es posible que su pareja asuma que el sexo no entra en el menú de la noche. Está demasiado ocupado llenándose el estómago para luego poder competir en ningún tipo de olimpíada sexual. 
  8.  Si es quisquilloso con la comida y se deja mucha en el plato, dará a entender que el sexo no le gusta y que el preocupa despeinarse.
  9.  Si analiza el menú para buscar posibles fuentes de alergia o la procedencia ecológica de los productos, parecerá el tipo de persona que exige una revisión médica completa antes de dar ni siquiera un beso de buenas noches". 
No es casual, ni tampoco es nueva, la relación entre las necesidades fisiológicas y las necesidades del alma, en esto que llamamos humanidad. Comer, dormir, defecar, coger. Más todas las angustias que nos produce el hecho de no poder evitar tener que comer, dormir, defecar y coger. Más todos los placeres que nos produce el hecho de no poder evitarlo tanto como comer, dormir, defecar y coger. Más los derechos a comer, dormir, defecar y coger, con las obligaciones que se desprendan de ellos cuando comemos, dormimos, defecamos y cogemos en sociedad. No es sorprendente en este contexto que los modales de cama puedan llegar a relacionarse con los modales de mesa, o viceversa.

Paradójicamente, me identifico tanto con los puntos 1 a 3 como 5 y 9, que más que parecer complementarios, parecieran opuestos. Creo que esto no hace más que dejar en evidencia una cierta tensión personal entre el malcogimiento y el bienestar sexual. Pensándolo bien, no, no es tan paradójico, porque así anduve y ANDO: resolviendo mi malcogimiento como puedo, para no contribuir a la insatisfacción social. Habiendo logrado ya dejar de malvivir y evitando malparir por mis propios medios, no logra todavía dejar de malcoger del todo aunque sí haya logrado evitar permitir ser malcogida por otr@s. Otra vez, si bien ya no soy la misma malcogida de siempre, convivo en privado con mi mismo malcogimiento del pequeño siempre que encierra la fecha de mi nacimiento a la de mi (gran) muerte.

¿Con qué puntos te sentiste identificad@ en la mesa y en la cama? ¿En qué nivel de habilidad de manejo del malcogimiento, propio y ajeno, dirías que te encuentras?