Blog de pensamientos, ejercicios de escritura y opiniones en más de 140 caracteres. No contiene imágenes explícitas (ver blog de imágenes), pero sí temas para ¿adultos? (18+): sexualidades, estereotipos, géneros, sexo, amor, relaciones, libertades, responsabilidades, erotismo. Si algo de esto va en contra de sus creencias, experiencias, pensamientos u opiniones personales, las de su religión, gobierno o sus padres, continúa leyendo bajo su propia responsabilidad o la suya.

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CRÍTICA SOCIAL Y AUTOREFLEXIÓN, GÉNEROS Y ANTIGÉNEROS, DERECHOS Y RESPONSABILIDADES, ELECCIONES DE VIDA, AMORES Y POLVOS, VIRGINIDADES Y EXPERIENCIAS, SENSACIONES Y SENTIMIENTOS, SATISFACCIONES E INSATISFACCIONES, ESTEREOTIPOS, ROLES, EROTISMO, TWITTERATURA, EVOLUCIONES, INVOLUCIONES Y REVOLUCIONES.

domingo

Herencias

"No entiendo nada de genética, pero aún no soy tan esclerótico
 como para creer que soy la replica, de mi trágico árbol genealógico". 

Del grupo familiar primario, heredamos recuerdos, cosmovisiones, karmas grupales y destinos culturales. Las comidas, la forma de vestir, la música que se escuchaba de fondo cuando eras chico, los idiomas que escuchaste hablar como en un sueño, sin entenderlos y hasta los mandatos de género según la historia ancestral, la ubicación geográfica, la deidad de turno y el estrato socioeconómico.
Quizá eso sea todo lo que heredé y heredaré de ellos: ni un mango, ni una propiedad, ningún objeto de valor, ningún futuro. Alguna receta de cocina familiar, que jamás podré replicar, porque hoy elijo ser cuasi-vegetariana; algún abrigo de piel que jamás podré usar, porque creo en los derechos de los animales y el antiespecismo; algún álbum de música que no querré reproducir, por machista, retrógado o ambos. 
Una persona que se construye a sí misma, va pelándose capas de vivencias y expectativas ajenas como si fuera una cebolla, muchas veces llorando ella misma pero casi siempre haciendo llorar a los que la van viendo desnudarse de esa herencia no deseada.

De mi padre biológico heredé...

la sed de lectura, pero elegí los libros que quería leer.

una curiosidad tan ávida que se convierte en destructiva, pero aprendí a no mirar fijo aquello que quiero entender sin llegar a destruirlo.

un deseo sexual retorcido e interminable, que se deleita más entrando y saliendo de su propio laberinto, que entrando y saliendo de otros cuerpos.

y el reflejo rápido para esquivar los golpes. 

De mi madre biológica heredé...

la alquimia del que convierte lo malo en bueno, que algunos llamarán inútilmente optimismo, y la usé mientras no pude elegir lo que recibía.

una cierta ingenuidad, como la de quien no pudo hacer nada sola, aunque a mí me haya tocado hacerlo todo sola.

la posibilidad de entender el sentido común de la gente común, pero desarrollé autónomamente la posibilidad de resguardar mi sentido poco común de la misma gente.

y la capacidad de herir profundamente sin que me vean venir ni necesidad de usar el cuerpo para abrir por completo las viejas heridas ajenas.

De mi abuela materna heredé...

sus pestañas de diva sesentosa, que coronan unos ojos que han logrado ver más allá de lo que alcanzan las pupilas.

su piel siempre joven, que incluso en el lecho de muerte parecía tan tersa como en vida, que colabora con una apariencia de tener siempre un poco menos de edad física de la que se tiene.

una profundidad en el análisis discursivo para defenderme de sus ataques verbales, que no conseguí superar ni en la universidad después de cursar linguística, comparación de estructuras, semiología y análisis del discurso.

y parte de su malcogimiento irreversible, ése que ni el pene más áspero ni la vulva más jugosa hubieran podido desafiar sin contagiarse.

De mi abuelo materno heredé...

unos pies en la tierra con los que caminar, por más que prefiera que no toquen el piso para volar abriendo y cerrando las piernas.

la flexibilidad de adaptarme a los cambios, de poder disfrutar en la pobreza y en la riqueza, de poder encontrar siempre la oportunidad de ganarme la vida mediante el esfuerzo propio y no el ajeno.

el reconocimiento del peligro que existe trás hundirse en la queja como única forma de expresión y de impotencia insolucionable.

y una cierta nostalgia de lo que fue, de lo que no fue y de lo que nunca será, que es como una mancha en el alma, que sin importar cuántas veces la hayan lavado las lágrimas ni los orgasmos, siempre está ahí, amenazando con crecer hasta que el alma misma sea poco más que una mancha nostálgica en la materia de la que están hechas todas las almas.

De mi abuela paterna heredé...

la alquimia del que convierte lo bueno en malo, que algunos llamarán convenientemente pesimismo, y la usé mientras no pude elegir lo que daba.

el egoísmo tenaz pero sincero de quien se elige a sí mismo por sobre todas las cosas, los hijos, los maridos, los padres, los mandatos.

la habilidad de manejar a quienes desean ser manejados, que elijo no usar a menos que alguien intente manejarme. 

y el antiguo don de la brujería que es inferior a mis poderes de diosa pero superior a mis encantos de mujer, oferta que me cansé de rechazar y que sé que dejaré de rechazar cuando esté realmente cansada. 

De mi abuelo paterno heredé...

un libro de poemas que nunca llegó a publicarse y nunca llegué a leer, pero que siempre supe que existió.

un antepasado escritor a quien echarle la culpa de mi necesidad de escribir, como un canal de diálogo directo con los que ya no están

la semilla de la poesía que dejó plantada en mi alma y apenas llegó a crecer para convertirse en el arbusto de la prosa, porque no quise regarla.

y la capacidad de verme el alma (en vez del cuerpo) reflejada en los espejos, como alguna vez la vi en uno de sus ojos que me miró fijo poco antes de morir.

Y hay más antepasados aún, los que no conocí en persona pero de quienes escuché hablar, los que conocí de pequeña y son apenas un recuerdo borroso, los que se me aparecieron en sueños, en trances, en flashes de vidas pasadas, en epifanías, en visitas al o del infierno. Si tuviera que pensar exactamente qué me dejó cada uno, no terminaría más la lista y tampoco tengo ganas de darme cuenta de que es posible que esté toda recauchutada, de que no haya nada totalmente mío en mí.

Ya estoy grande para andar diciendo por ahí "No, no soy la hija de Hernández". En cambio aprendí a decir "Sí, sí soy la hija de Hernández, y muy a pesar de él, de los Hernández todos, en esto me pude convertir". Así por siempre la biología me recordará la dulce amargura del origen humano, un cuerpo heredado de la familia biológica y un espíritu heredado de vaya uno a saber qué contemporáneos, qué constelaciones o qué universos, ahora inaccesibles.